viernes, 16 de diciembre de 2011

¡Año viejo, año viejo!

A continuación les coloco un relato de mi autoría, el cual siempre lo llevo presente y envio a mis amigos en Diciembre!

Espero que lo disfruten!

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Diciembre, mes de paz y armonía. De encuentro con nuestra fe, con lo sagrado, con nosotros mismos. Cada uno adopta estas fechas de acuerdo a sus vivencias, desde el nacimiento hasta la muerte. Aunque es sinónimo de Paz, para algunos es el recuerdo de seres que hoy ya no están. Pero los recuerdos, son los que hacen esta fecha tan especial.

Dentro de mis vivencias mas recordadas, esta la visita al Estado Mérida durante las festividades propias de este mes. Siempre he reflexionado sobre esa experiencia.

Buscando en mi mente, me encuentro un viaje familiar, para pasar un año nuevo en Mucuchies. Imágenes vienen a mí sin pensarlo. Solo recuerdos, que hasta la fecha me llenan como si estuviera viviendo ese momento en este preciso instante.

Subiendo a la montaña, nos encontramos esas casas a orillas de carretera. Casa humildes, de gente que trabaja para comer. No tienen lujos, solo sus ropas. Sus rostros expresan el trabajo duro que realizan. Puedes observar sus miradas fijas, como pérdidas en el tiempo, y sus rostros quemados por el frió.

Parecen no esperar nada de la vida, solo ver como pasan por ella. Es como si vivieran sin miedo a la muerte. Puede ser una observación subjetiva, pero así lo siento.

Mientras recorríamos el largo trayecto para subir a Mucuchies, nos encontrábamos niños, que a diferencia de sus padres, conservan miradas alegres, con rostros que reflejaban la inocencia. De pronto nos detenemos. Ven algo en la carretera. Yo también puedo observarlo. Fijo mi mirada, y visualizo una cuerda que cruza la calle, obstruyendo el paso de los vehículos, y un muñeco en una de sus puntas, con ropas viejas y sombrero. Sin percatarnos, se ven niños corriendo y gritando: Año Viejo, Año Viejo. Yo sin querer he soltado una carcajada de forma ignorante al no entender lo que sucedía.

En un cerrar y abrir de mis ojos, se acercan dos niños, que seguían gritando lo que para ellos era como una consigna. Año Viejo, Año Viejo. Pregunto para salir de dudas que sucedía. Uno de ellos responde: ¡Señor una colaboración para quemar al Año Viejo!

Dios mío, ¿quemar el año viejo?, me preguntaba en lo mas profundo de mi mente. ¿Por que hacer semejante sacrilegio, cuando para mi, fue un año lleno de mucho éxito? Aun, seguía sin entender.

Todos comenzamos a meternos las manos en los bolsillos, y apilar algunas monedas para pagar el tributo que exigían esos niños, como si fueran un peaje en el medio de la nada. Al ver sus recompensas, nos bajaron la cuerda que aun mantenían en alza, para poder continuar nuestro camino.

Durante el viaje, trate de reflexionar lo que había sucedido, sin poder llegar a una conclusión definitiva.

Escucho una voz.

Llegamos, me dicen en tono de alivio.

Miro a mí alrededor, y me siento hipnotizado al detallar esa vista tan impresionante. Montañas con alfombras verdes, nubes de algodón en sus puntos más álgidos. Puedo detallar vacas en las cúspides más cercanas. Suelto una risa y murmuro sarcásticamente: !Yo no sabia que las vacas eran alpinistas!. Se escuchan las risas, y una voz al fondo exclama: Ellas son las que dan los cursos en la localidad, pero están de vacaciones!

Terminamos todos riéndonos.

Al subir a mi habitación en ese pequeño castillo en medio de la más gloriosa nada, recuerdo las voces que decían: Año Viejo, Año Viejo. No podía creer que un hecho tan aislado me afectara de esa manera. De pronto, me acuesto en la cama, y empieza esa maquinita quemadora de neuronas a funcionar.

Se repite una y otra vez en mi mente la pregunta. ¿Por que quemar el año viejo? Y de pronto me sentí la persona más egoísta de este mundo. Yo había vivido un año excelente en muchos aspectos. ¿Pero ellos tuvieron la misma suerte? ¡Gran pregunta!

Parado frente a la ventana de la habitación, me imagine la vida de esas personas. Llenas de sacrificios. Si, al igual que todos, pero ellos lo vivían en un mundo donde parecía que el reloj se detuviera y el segundero solo se movía cada hora. No corrían con mi suerte. No conseguían salir de sus cuatros paredes. Esperaban que sus penas se fueran con el Año Viejo.

¡No lo podía creer!, había dado con la respuesta más lógica que lograba pasar por mi mente. Ellos querían quemar todas las carencias, la tristeza, la angustia con el año viejo, y vivir con la ilusión de un Año Nuevo mejor.

Desde ese día entendí, a través de una tradición de esa bella región, que debo quemar mi año viejo, cada día de mi vida!

Recordare siempre esas miradas fijas, sus rostros que demuestran lo que es la vida, el encanto de los niños y sus consignas para enfrentar los problemas: Año Viejo, Año Viejo.

Ahora, todos los días salgo de mi casa, gritando internamente: Año Viejo, Año Viejo.

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