Me vi flotando
como en el mar a la deriva,
sin rumbo fijo,
esperando algo de la vida.
Vivía soñando
que todos eran buenos,
hasta que un día desperté
dentro de mi propio cuerpo.
Entonces conocí
los dolores del alma,
esos que duelen hondo
aunque sueñes despierto.
Seguí caminando,
buscando una salida,
cuando sonaron las campanas
de aviso de guerra.
Saqué fuerzas
de donde no las tenía
y continué el camino
como si ya lo supiera.
No tuve rumbo,
pero sí un destino:
el despertar de mi alma
en este mundo en ruinas.
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